Joinville (esciielí de ginma.si;i), 25 (i ' enero de 1875.
Esta tarde, al fin de un día triste de invierno tras la mezquina comida de
costumbre, en ínedio del ruido y de voces diferentes, éntrela atmósfera
densa y ahumada de la mesa de oficiales, me he sentido, de pronto, trans-.
portado por el recuerdo al gran mar turbulento, al aire puro de los trópicos.
He vuelto a ver como en un sueño, el viejo «Espadón», combatido por
las olas de los alisios, y todas mis impresiones de entonces, ya lejanas y
olvidadas, han aparecido ante mí con toda la sorprendente nitidez de la
realidad.
Era aquella tarde de agosto, en que, de cuatro en cuatro, bajada la pasarela,
anunciando al comandante:—'El pico de Tenerife a la vista por el
lado de babor*. Yo era entonces, el segundo del «Espadón», un viejo barquito
medio desguazado (pie regresaba del Senegal: pero, a bordo, nos
queríamos todos- - todos mis hombres me querían y de todos he sentido
separarme cuando ha llegado la hora de dejarlos.
Berny, el gran timonel Francisco Berny, que era un poco mi preferido,
amusgaba sus ojos y no veía nada aún.
—Es verdad— dijo nuestro bravo capitán—, cuando hubo comprobado
el hecho con su catalejo. Señor teniente: tiene usted buena vista...
Y la alegre nueva corrió rápida hasta el fondo de la cala:—El teniente
ha visto tierra, el pico de Tenerife, por el lado de babor!
Desde quince dias atrás todo era trabajo para nosotros; el mal tiempo
nos acosaba sin parar y nuestro viejo barco estaba lleno de agua. Mojados
y un poco desalentados todos, estábamos extenuados de fatiga.
Era extraño esto de verse un puñado de amigos expuestos en el mar sobre
una casita tan pequeña y tan poco estable; pero las impresiones que
se experimentan en semejantes circunstancias, sólo los marinos pueden
comprenderlas.
Aquella tarde el alisic húmedo dispersaba sobre nuestras cabezas las nubecillas rápidas del mal tiempo de los trópicos, El sol acababa de desapaecer,
la tarde era fría y la mar gruesa. Estábamos cubiertos de salpicaduras.
lacia tiempo que mis ojos buscaban la tierra en la dirección indicada por
nis cálculos del dia... Por encima de una faja de vagos vapores lejanos dibujábase
apenas en el cielo, claro aún, una forma alta, que era preciso ojos
e marino para distinguirla. En aqueña silueta indecisa reconocí el pico de
'enerife; silueta que me había chocado ya, tres años antes, cuando efectúala
mi primer viaje a través del mundo.
El fuerte viento que nos envolvía con su humedad salada, era cada vez
las frío y el mar arreciaba aún al acercarse la noche; pero la alegría .había
uelto a bordo, y los marineros cantaban... Teníamos ya la tierra allí, muy
erca, la tierra de Tenerife. Aquel punto tan problemático de nuestra traveia
estaba alcanzado y estábamos ya al final de nuestras fatigas...
Entramos transidos, el capitán y yo, en el quiosco de los mapas, a romrobar,
a pesar de los bandazos, la posición exacta de nuestro barco.
Este recuerdo que me ha dejado el «Espadón>, ocupan, entre tantos otros
n lugar aparte.,. Siempre el peligro el fuerte viento, la mar agitada, la inertidumbre
del mañana, y con ello, la conciencia del deber cumplido,..la
isponsabilidad de todas las horas, de todos los instantes, la necesidad aboluta
de emplear en provecho común, todos los recursos de mi inteligencia
de mis conocimientos. Allí cumplía yo mis penosos deberes de marino,
jn el corazón lleno de pasión y mientras mi vida íntima atravesaba inaudiis
circunstancias.
Sentíame revivir, también, tras el enervamiento del Senegal, respirando
juel vivo aire del gran mar, en la proximidad de regiones templadas. Al
nal del viaje estaba Francia y estaba Ella, mi adorada, y todos mis queri-
]S deudos a quienes iba a ver...
Pero el encanto de este sueño ha pasado muy rápido y he vuelto a caer
ssadamente en mi mismo, volviendo a la ahumada mesa, al abotargamienI
del invierno y al estrépido de las conversaciones estúpidas ... Mis recuer-
}S se han hecho confusos y apenas he podido volver a anudar su continuación...
No obstante me acordaba de que al salir del quiosco de los mapas, desindi
al entrepuente obscuro, hasta mi cámara, al único rincón del barco
i que ardía aún una luz. En medio del desorden general, apuella cámara
ibía sido respetada... Su bienestar resultaba insolente entre tanta miseria.
Levantada la cortina se estaba ailí como en un santuario exótico de ricos
llores. Había por todas partes, armas, collares, brillante^ panoplias, rosabas
hechas con nácar y alas de pájaros de los trópicos... Yo había coloca-
> allí todo este lujo, porque Ella había de verlo...
Sobre mi bajo lecho, cubierto con una gran tela yoloff, encontré sentado
i hombre! el hombre de vestido rojo, el spahí de Cora (1).
Cuando entré levantó tristemente su hermosa cabeza. «¿Es verdad, mi teente,
que ha visto usted ¡tierra?... Tanto peor. Yo hubiese querido que no
igásemos jamás...>
Texto sacado de: http://mdc.ulpgc.es/cdm/ref/collection/revhistoria/id/314
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