martes, 3 de noviembre de 2015

Fragmento de Diario (fragmento 3/3)

Joinville (esciielí de ginma.si;i), 25 (i ' enero de 1875. Esta tarde, al fin de un día triste de invierno tras la mezquina comida de costumbre, en ínedio del ruido y de voces diferentes, éntrela atmósfera densa y ahumada de la mesa de oficiales, me he sentido, de pronto, trans-. portado por el recuerdo al gran mar turbulento, al aire puro de los trópicos. He vuelto a ver como en un sueño, el viejo «Espadón», combatido por las olas de los alisios, y todas mis impresiones de entonces, ya lejanas y olvidadas, han aparecido ante mí con toda la sorprendente nitidez de la realidad.

Era aquella tarde de agosto, en que, de cuatro en cuatro, bajada la pasarela, anunciando al comandante:—'El pico de Tenerife a la vista por el lado de babor*. Yo era entonces, el segundo del «Espadón», un viejo barquito medio desguazado (pie regresaba del Senegal: pero, a bordo, nos queríamos todos- - todos mis hombres me querían y de todos he sentido separarme cuando ha llegado la hora de dejarlos.

Berny, el gran timonel Francisco Berny, que era un poco mi preferido, amusgaba sus ojos y no veía nada aún. —Es verdad— dijo nuestro bravo capitán—, cuando hubo comprobado el hecho con su catalejo. Señor teniente: tiene usted buena vista... Y la alegre nueva corrió rápida hasta el fondo de la cala:—El teniente ha visto tierra, el pico de Tenerife, por el lado de babor!

Desde quince dias atrás todo era trabajo para nosotros; el mal tiempo nos acosaba sin parar y nuestro viejo barco estaba lleno de agua. Mojados y un poco desalentados todos, estábamos extenuados de fatiga. Era extraño esto de verse un puñado de amigos expuestos en el mar sobre una casita tan pequeña y tan poco estable; pero las impresiones que se experimentan en semejantes circunstancias, sólo los marinos pueden comprenderlas.

Aquella tarde el alisic húmedo dispersaba sobre nuestras cabezas las nubecillas rápidas del mal tiempo de los trópicos, El sol acababa de desapaecer, la tarde era fría y la mar gruesa. Estábamos cubiertos de salpicaduras. lacia tiempo que mis ojos buscaban la tierra en la dirección indicada por nis cálculos del dia... Por encima de una faja de vagos vapores lejanos dibujábase apenas en el cielo, claro aún, una forma alta, que era preciso ojos e marino para distinguirla. En aqueña silueta indecisa reconocí el pico de 'enerife; silueta que me había chocado ya, tres años antes, cuando efectúala mi primer viaje a través del mundo.

El fuerte viento que nos envolvía con su humedad salada, era cada vez las frío y el mar arreciaba aún al acercarse la noche; pero la alegría .había uelto a bordo, y los marineros cantaban... Teníamos ya la tierra allí, muy erca, la tierra de Tenerife. Aquel punto tan problemático de nuestra traveia estaba alcanzado y estábamos ya al final de nuestras fatigas...

Entramos transidos, el capitán y yo, en el quiosco de los mapas, a romrobar, a pesar de los bandazos, la posición exacta de nuestro barco. Este recuerdo que me ha dejado el «Espadón>, ocupan, entre tantos otros n lugar aparte.,. Siempre el peligro el fuerte viento, la mar agitada, la inertidumbre del mañana, y con ello, la conciencia del deber cumplido,..la isponsabilidad de todas las horas, de todos los instantes, la necesidad aboluta de emplear en provecho común, todos los recursos de mi inteligencia de mis conocimientos. Allí cumplía yo mis penosos deberes de marino, jn el corazón lleno de pasión y mientras mi vida íntima atravesaba inaudiis circunstancias.

Sentíame revivir, también, tras el enervamiento del Senegal, respirando juel vivo aire del gran mar, en la proximidad de regiones templadas. Al nal del viaje estaba Francia y estaba Ella, mi adorada, y todos mis queri- ]S deudos a quienes iba a ver... Pero el encanto de este sueño ha pasado muy rápido y he vuelto a caer ssadamente en mi mismo, volviendo a la ahumada mesa, al abotargamienI del invierno y al estrépido de las conversaciones estúpidas ... Mis recuer- }S se han hecho confusos y apenas he podido volver a anudar su continuación...

No obstante me acordaba de que al salir del quiosco de los mapas, desindi al entrepuente obscuro, hasta mi cámara, al único rincón del barco i que ardía aún una luz. En medio del desorden general, apuella cámara ibía sido respetada... Su bienestar resultaba insolente entre tanta miseria. Levantada la cortina se estaba ailí como en un santuario exótico de ricos llores. Había por todas partes, armas, collares, brillante^ panoplias, rosabas hechas con nácar y alas de pájaros de los trópicos... Yo había coloca- > allí todo este lujo, porque Ella había de verlo...

Sobre mi bajo lecho, cubierto con una gran tela yoloff, encontré sentado i hombre! el hombre de vestido rojo, el spahí de Cora (1). Cuando entré levantó tristemente su hermosa cabeza. «¿Es verdad, mi teente, que ha visto usted ¡tierra?... Tanto peor. Yo hubiese querido que no igásemos jamás...>


Texto sacado de: http://mdc.ulpgc.es/cdm/ref/collection/revhistoria/id/314 

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