lunes, 16 de noviembre de 2015

Tres Mujeres

Primera voz

Soy lenta como el mundo. Soy muy paciente,
giro en mi tiempo, los soles y estrellas
me miran con atención.
La preocupación de la luna es más personal:
ella pasa y vuelve a pasar, luminosa como una enfermera.
¿Está apenada por lo que va a suceder? No creo.
Simplemente la fertilidad la deja asombrada.

Cuando salgo, soy un gran acontecimiento.
No necesito pensar, ni siquiera ensayar.
Lo que sucede adentro mío va a suceder sin llamar la atención.
El faisán está parado en la colina
arreglando sus plumas marrones.
No puedo evitar sonreír por lo que sé.
Hojas y pétalos me asisten. Estoy lista.

Habla sobre estar lista para tener hijos.

Segunda Voz

Cuando vi por primera vez el pequeño goteo rojo, no lo pude creer.
Vi a los hombres pasar al lado mío en la oficina. ¡Eran tan chatos!
Había algo en ellos como de cartón, y ahora entendía
esa chata, chata monotonía de donde las ideas, destrucciones,
topadoras, guillotinas, cuartos blancos donde se chilla, procedían
y procedían sin fin – y los ángeles blancos, las abstracciones.
Me senté en mi escritorio, con las medias puestas, los tacos altos,

y el hombre para quien trabajo se rió: “¿Viste algo terrible?
De pronto estás toda pálida”. Y no contesté nada.
Vi a la muerte en los árboles pelados, una privación.
No lo podía creer. ¿Es tan difícil
para el espíritu concebir una cara, una boca?
Las cartas vienen de esas llaves negras y las llaves negras vienen
de mis dedos alfabéticos, ordenando partes,

partes, pedacitos, empleaditos, los brillantes múltiplos.
Muero mientras estoy sentada. Pierdo una dimensión.
Los trenes rugen en mis oídos, ¡partidas, partidas!
La huella plateada del tiempo se vacía en la distancia,
el cielo blanco se vacía de promesas como una taza.
Éstos son mis pies, estos ecos mecánicos.
Tap, tap, tap, se identifica el acero. Me encuentro esperando.

Ésta es una enfermedad que llevo a casa, es una muerte.
Repito: es una muerte. ¿Es el aire,
las partículas de destrucción lo que absorbo? ¿Soy un pulso
que declina y declina, mirando al ángel frío?
¿Es éste mi amante entonces? ¿Esta muerte, esta muerte?
De chica amé un nombre comido por los hongos.
¿Es éste el único pecado, este viejo y muerto amor por la muerte?

Habla sobre la menstruación (tal vez la menarquía)

Tercera Voz

Recuerdo el minuto cuando lo supe con certeza.
Los sauces daban miedo,
la cara en la laguna era hermosa pero no era mía –
tenía una mirada significativa, como todo lo demás,
y todo lo que podía ver eran peligros: palomas y palabras,
estrellas y lluvias de oro – ¡concepciones, concepciones!
Recuerdo una blanca y fría ala

y al gran cisne con su mirada terrible
viniendo hacia mí, como un castillo, desde la cima del río.
Hay una serpiente en los cisnes.
Se deslizaba; su ojo tenía un significado negro.
Vi al mundo en él – chico, malvado y negro,
cada palabrita enganchada a cada palabrita, los actos a los actos.
Un día azul caluroso había florecido en alguna cosa.

Yo no estaba lista. Las nubes blancas juntándose
a un costado me estaban arrastrando en cuatro direcciones.
No estaba lista.
No había admiración por mi parte.
Pensé que podía negar la consecuencia –
pero era muy tarde para eso. Era muy tarde y la cara
siguió cambiando de forma con amor, como si yo estuviera lista.

No sé lo que trate de explicar, pero sí recuerdo que en la literatura, el cisne es relacionado con la traición, las apariencias engañan, y toda esas cosas, y con lo de la serpiente... Tal vez haya un traidor entre los traidores.

Lamento no haber puesto fotos, es que es difícil ir a la calle y preguntarles a las chicas si me dejan tomarles una foto sin recibir una cachetada guajolotera y una denuncia por acoso sexual (este feminismo de hoy en día (hablaré de él en otro momento), o ir al hospital para tomarle una foto a una señora dando a luz sin que me corran a patadas.

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